CLODOVALDO HERNÁNDEZ: PERIODISTAS QUE ABOMINAN AL PUEBLO

«¿Si un comunicador social tiene prejuicios sobre la gente pobre, está capacitado para informar sobre un proceso político en el que el pueblo todo es protagonista?», se pregunta Clodovaldo Hernández.

Alguien -dotado de una escafandra por razones de higiene y seguridad industrial- debería recopilar todo lo que las autoproclamadas élites periodísticas del país han expresado a lo largo de la ya finalizada campaña electoral acerca de la gente pobre.

Con especial cuidado también debería tomarse muestra de lo que están inoculando en las redes sociales en estos días de supuesta reflexión; de lo que verterán en ellas durante la jornada electoral; y de lo que «expulsarán» después de que se sepa el resultado. Advertencia: quien haga este trabajo no debe escatimar precauciones porque habrá material como para llenar varios de aquellos «pipotes de la muerte» que alguna vez escandalizaron al país.

Ese cúmulo de emanaciones –altamente tóxicas, lo repito- tiene un gran valor sociológico y seguramente permitirá identificar de manera inequívoca los sentimientos más profundamente enraizados de estas personas y, con ello, ayudar a explicar por qué nuestros medios son como son, más allá de que tengan los dueños que tienen.

Me atrevo a lanzar una hipótesis: uno de esos sentimientos es la animadversión por todo aquel colectivo, líder o persona común que no calce los puntos para ser considerado parte de la sociedad civil. Y conste que animadversión es, en este caso, un eufemismo galante. Lo más probable es que el análisis de los subproductos antes referidos ofrezca una conclusión más contundente: las autoproclamadas élites periodísticas sienten asco, desprecio y, en algunos casos, odio absoluto por el pueblo pobre. Lo abominan, y su sueño más repetido es que esas masas sean nuevamente relegadas a sus ghettos; excluidas de las actividades fundamentales de la sociedad; restringidas a sus seculares funciones de semiesclavitud y comparsa.

Esto no sería ninguna novedad si nos estuviésemos refiriendo a las auténticas élites socioeconómicas, los oligarcas y burgueses tantas veces mencionados en discursos incendiarios. No, en este caso hablamos del periodista silvestre, hombre o mujer que vive de su trabajo y depende de un salario; individuos que, a lo sumo, califican como clase media-media, al precio de deber hasta la forma de caminar. En muchos casos, para llevar la contradicción hasta extremos –a veces indignantes- son personas de origen humilde, salidos del barrio o del campo. Gente de pueblo que abomina al pueblo, pues.

Quienes hagan el análisis de todo lo evacuado (en el sentido jurídico o en el otro, para el caso es lo mismo) por la élite periodística en estos días de exacerbación de las contradicciones, encontrará que en el imaginario de esos periodistas los pobres son delincuentes, vagos, mantenidos, aprovechadores, brutos, ignorantes y borrachos; su sola presencia amenaza y asusta a los decentes, a la sociedad civil; cuando entran a espacios que la clase media considera suyos, no hacen más que ensuciarlos física y moralmente. Ya en el paroxismo, llegan a plantear debates tan anacrónicos como el de la civilización contra la barbarie.

Como suele ocurrir, en ciertos casos se llega hasta el extremo de lo caricaturesco. Por ejemplo, un señor de marcados rasgos afrodescendientes y una conocida afición por echarse palos y luego poner la cómica, lanza mensajitos sobre los «monos ebrios» que asisten a ciertas marchas y después orinan en cualquier parte. Lo tragicómico de esto no es que el individuo en cuestión se atreva a decir algo así, sino que otros, que lo conocen bien, celebren semejante ejercicio de endorracismo e hipocresía.

La comprobación de la hipótesis de la animadversión de la élite periodística por los pobres genera una pregunta: ¿si un comunicador social tiene tantos prejuicios sobre la gente pobre, está capacitado para informar sobre un proceso político en el que el pueblo todo (sociedad civil incluida) ha pasado a ser protagonista? ¿Se puede confiar en sus noticias?

La interrogante bien podría generar un debate en el gremio, pero me atrevo a lanzar una segunda hipótesis: ese debate no se dará, al menos no en un buen tiempo, porque el desprecio, el odio absoluto, la abominación de esos periodistas también abarca a sus colegas que no comparten su visión de élite. Y, además, porque es muy difícil debatir con escafandras puestas.

(clodoher@yahoo.com)

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